domingo, 18 de mayo de 2008

No quiero conocerte


Hasta donde yo sé, Rastrilla ya ha abandonado su actividad poética. Ahora, y salvo por algún requerimiento especial, como componer una poesía para un acontecimiento concreto o para ilustrar algún programa de fiestas, nuestro poeta no mantiene una actividad creativa comparable a la de hace veinte o veinticinco años, tiempo al que se remontan el grueso de las poesías reproducidas en este blog. No sabemos, por tanto, si su poesía tendría un recorrido largo y diverso, si alcanzaría una madurez creativa, o si ya había encontrado su techo y nunca saldría de los temas y formas que hemos tratado de analizar apresuradamente.

Ya hemos comentado la querencia de Rastrilla por temas que podríamos incluir en un existencialismo de amplia acepción. En este tema apostrofa a la muerte (¡No quiero conocerte!) de una manera bastante peculiar, pues describe esencialmente su vecindad con las personas que están a punto de morir, creando una vaga (y tenebrosa) presencia que recorre todo el poema. También se destaca su caracter azaroso (dentro del miserable plazo dado a los humanos como límite fatal), contemplando la arbitrariedad de la muerte como una subasta. Por lo demás, en lo negro de su vestimenta o lo sangriento de sus conontaciones (surtida de sangre), Rastrilla no hace más que insistir en la iconografía más tópica de la vieja e implacable Tánatos.

No quiero conocerte (Andrés Rastrilla)

Vestida con traje negro
entras dentro de una vida.
Silenciosa en tus pasos fieros
me has sacado por la puerta de salida.

No quería yo encontrarte
ni por aquí ni por allá,
ni en ninguna parte.

Vestida te veo día tras día
acabando con algún herido;
tú que llegas acaecida
quemando toda la alegría
siempre con un fuerte latido.

Silenciosa entrabas en la puerta
de aquel anciano
arrastrando por tu cuenta
todos sus años pasados.

Señalando tu huella
con un tinte rojo fuerte,
dejando siempre una mella

¡No quiero conocerte!

Sin querer, cada día,
y de cualquier manera,
apareces surtida de sangre
con alguna persona malherida
que ha perecido en la carretera.

Con armas, con sangre,
por fuego ardiente,
subastando entre la gente.

En rincones vacíos,
o corazones deshechos,
aparece descarriada
sin dejarnos más envíos
nos has dado fuerte pisada.

Con muchos dolores,
o sin ninguna palabra
por culpa de amores
o de una pena callada.

sábado, 17 de mayo de 2008

Duelo en el redondel

Hay que partir del dogma de que nada está totalmente a resguardo de la inspiración de Rastrilla. Su universo temático, que observa preferencias, como es natural, y en el que se sienten corrientes profundas bastante estables, se muestra muy variopinto. En este poema, por ejemplo, presta su atención a las corridas de toros, cuestión de honda raigrambre literaria (me viene caprichosamente a la memoria el Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías), pero que nunca hubiera creído objeto de su interés. Seguramente atraído por el indudable atractivo trágico que para cualquier artista tiene un duelo a vida o muerte que está basado en unas normas estéticas, deplore o no la sustancia del rito, Rastrilla apura el desenlace sangriento, pues fija su atención en una cogida a muerte.

No sé precisar la fecha de composición de este poema, pero creo que no es ajeno a la enorme conmoción que en su día ocasionó la muerte del torero Francisco Rivera Pérez, Paquirri, sucedida el 26 de septiembre de 1984 en Pozoblanco.


Duelo en el redondel (Andrés Rastrilla)

Llena se encontraba la plaza,
ansiosos todos por ver el duelo
en este grandioso redondel
entre el toro y el torero.

Ya sale el primero, fuerte y avispado;
al torero, con rojo capote,
le embiste muy encrespado.

Empieza ahora la lucha a muerte,
sale el animal a la caza,
y el torero se hace el fuerte
para ser aplaudido en esta plaza.

Ábreme en tu sacrificio,
grita mudo el torero a Dios;
que no manche esto de sangre
te lo pido por favor.

Interesante se pone la pelea
pues el de la montera
hoy sabe muy bien torear,
y el toro embiste de cualquier manera
para ver si lo puede atrapar.

Ya corre el rojo en la plaza,
la gente empieza a gritar,
el torero ha sido cogido por la espalda
cuando salía a la zaga por detrás.

¡Adiós a este mundo desdichado!
pues ya no puedo vivir más,
si el pitón fuerte me ha clavado
y corre en grifo la sangre.

Aunque llegue pronto al hospital
nadie, nadie la podrá parar.
En el duelo, perdido el torero,
ya no le vemos más torear.

Por eso quiero cantar, y dejar
estas memorias en el recuerdo.

Las palomas

Este poema, en el que Rastrilla hace nuevo tributo a la admiración que le provoca el orden natural, no deja de ser un tanto confuso. Parece sostener dos referencias, una a las palomas, de las que destaca su porte y elegancia, tanto en vuelo como en la tierra, y otra a la magnificiencia del gran escenario natural que pueden contemplar en su vuelo. Sin embargo, esta interpretación parece verse refutada por la expresión "despojos", repetida dos veces y que no casa muy bien con una percepción idealizada del entorno natural.

Por otro lado, y a diferencia de otros poemas estudiados, no encontramos en éste ningún sentido alegórico, lo que dificulta aún más la interpretación correcta de las aparentes incoherencias sobre las que hemos llamado la atención. Y eso a pesar de la comparación "como muchas personas / que desfilan sobre un escenario", que parecería sugerir una cierta conexión fabulística entre el mundo animal y el humano. Rastrilla hace también uso de sus abruptas apelaciones al lector (Mira aquí y abre los ojos), así como la inopinada irrupción de la primera persona (contemplo esta gran belleza), rasgos ambos tan característicos de su poesía, acostumbrada a esos recurrentes cambios de perspectiva personal.

Las palomas (Andrés Rastrilla)

Como muchas personas
que desfilan sobre un escenario,
así vuelan las palomas
por encima del campanario.

Se vislumbra ante nuestros ojos
la gran e insigne grandeza
de estos grandes despojos
que ha dejado la naturaleza.

En el cielo su volar
tímido, suave y vibrante,
y sobre el tejado su caminar
con un hermoso talante.

Con un alegre pasear
contemplo esta gran belleza,
y me paro para observar
toda esta grandeza.

Mira aquí y abre los ojos,
contempla esta insigne belleza
de estos bonitos despojos
que ha dejado la madre naturaleza.

viernes, 16 de mayo de 2008

Soledad


Confieso que me faltan claves biográficas para acometer cabalmente el comentario a algunas de las poesías de Rastrilla. Y que, por tanto, a veces me siento muy poco autorizado para escribir estas consideraciones que, espero de todo corazón, no incomoden a nuestro admirado poeta. La distancia física que ahora nos separa no me facilita la imprescindible labor crítica de repasar con él cada uno de sus poemas, y recabar de su memoria una contextualización lo más exacta posible. De ello puede servir de ejemplo la siguiente composición, en la que Andrés manifiesta un abatido estado de ánimo, ahogado en un sentimiento de soledad del que no conocemos la causa.

Cuesta creer, conociendo al personaje, que la profunda tristeza que evocan sus versos, el estado depresivo que inspira tales reflexiones, procedan de un sentimiento sincero, y más podría parecerer la típica melancolía impostada para ensayo poético que tanto predicamento tuvo en la poesía romántica maldita, o en los languidos epígonos modernistas. No conozco en Andrés períodos de aislamiento como el que describe, ni voluntarios ni siquiera inducidos por una circunstancia externa.

Soledad (Andrés Rastrilla)

Triste estoy de verdad
entre estas cuatro paredes;
se apodera de mí la soledad,
pues con ninguna persona
puedo yo hablar.

Callados están los rincones,
y varios en la nada;
no puedo contar mis dolores,
se me cierra en sí la esperanza.

Siento un gran vacío
en este pequeño rincón;
triste estoy sin un hilo
para entablar comunicación.

Esperanza tengo cada vez más
de que alguien pueda llegar.
¡Abridme la puerta de una vez,
pues solo aquí no quiero estar!

Rómpase ya la soledad,
triste tengo el corazón,
pues más tiempo no quiero estar
encerrado en esta habitación.

jueves, 15 de mayo de 2008

Gritos de un preso por la libertad

No estoy muy seguro de si la poesía a la que está dedicada esta entrada es alegórica (y Rastrilla hablaría de alguna situación concreta de su biografía en que sintió trabada su realización personal) o se trata de un puro sentimiento de solidaridad con la triste condición de los presos, al estilo de Don Quijote cuando su espiritu libertario le movió a soltar de sus grilletes a Ginés de Pasamonte y los demás condenados a galeras, custodiados por la Santa Hermandad.

Prefiero aludir a la fotografía que ilustra este capítulo y en la que nuestro poeta aparece rodeado de tres personajes de los que procede hacer mención. Rastrilla es quien sonríe con franqueza en el centro de la foto, situado el segundo por la izquierda. Franco también es su abrazo, que pone en tensión el botón de la chaqueta hasta hacerlo casi estallar. A su derecha, empuñando una cámara de fotos, aparece quien esto escribe, y al que cabe el gran honor de poder mostrarse adherido a ese extraordinario triunvirato. A su izquierda posan sus dos grandes ídolos de entonces. El primero es Isidro, a quien Andrés admiró en su primera juventud por considerarlo el más resistente en la fiesta. De hecho, hubo épocas en que para nuestro poeta era un timbre de gloria retirarse a casa después de Isidro, por muy cansado, aburrido y soñoliento que ya estuviera. Me sorprende cómo entre su amplia obra poética no hay ninguna alusión a Isidro, con quien sigue manteniendo animadas conversaciones en El Mesón, y a veces me malicio si no será por su intensa disparidad en criterios futbolísticos. Al lado de Isidro aparece el gran Chisum, a cuya talla legendaria no pudo sustraerse la admiración de Andrés. Chisum no sólo ha sido objeto de alguno de sus poemas más celebrados, sino que ha inspirado otros con el ascendiente ideológico que siempre ha tenido sobre Rastrilla, y (lo que no es menos relevante) ha sido pieza esencial en la transmisión de su obra, pues fue quien estableció la primera copia mecanografiada que se conoce de su poemario, y de la cual yo me he servido en la elaboración de esta bitácora. Fotografía entrañable que nos evoca tantas agudas conversaciones, tantos buenos ratos de libertad radical. Esa libertad que Rastrilla reclama apasionadamente en su poema.


Gritos de un preso por la libertad (Andrés Rastrilla)

¡Soltadme, libradme!
¿Estoy aquí por algo?
¿Por qué, por qué
estoy aquí?

¡Soltadme, libradme!
Estoy aquí, en este calabozo
con muchas cadenas.
Lloro con mucho sollozo,
lleno de penas.

¡Sacadme de aquí!
¡Quitadme todos estos barrotes
de esta prisión,
que con sus sucios azotes
rompen mi corazón!

¡Quitad estos cerrojos,
que con solo verlos
me dan ganas de romperlos!

¡Soltadme, libradme!
No encuentro la salida al suplicio.
¡Abridme la puerta,
odio esta vida!

Prefiero ser una persona muerta
que da su despedida.

¡Soltadme, libradme!
¿Estoy aquí por algo?
¿Por qué, por qué
estoy aquí?

Si es así, ¡matadme!
lo prefiero, o
un arma quiero
para ya suicidarme.

No sé quién me ha metido
en esta sucia prisión,
pero sé que ha sido
alguna persona por traición.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Pasajero del tiempo

Vuelve Andrés en Pasajero del tiempo a las inquietudes existencialistas a las que, de tanto en vez, dedica su atención poética. En este caso nos transmite la desorientación que todos hemos sentido alguna vez al reflexionar sobre nuestra relación con el tiempo, nuestra falta de anclaje en una dimensión infinita e incomprensible. Las dudas sobre el tiempo son dudas sobre nuestra propia existencia (si vivo ahora, o vivo nunca). La imposible catalogación del tiempo hace que vivamos atrapados en una viscosa sensación de futilidad, la membrana a la que Rastrilla hace alusión y que nos impide emanciparnos de nuestra evanescente condición humana.

Llama la atención que el poeta, en otras ocasiones tan devoto del tradicionalismo católico, cuando ahonda en la esencia del ser humano, no haga la más ligera alusión a algún tipo de consuelo espiritual, demostrando un afiebrado existencialismo.

Para transmitirnos esa angustia opta de nuevo por una expresión infantil, deliberadamente ingenua, en que relaciona el carácter inasible del tiempo con la huidiza condición del pensamiento.

Pasajero del tiempo (Andrés Rastrilla)

Desde el año que nací
aún no me encuentro
ni sé cuánto viví.

Pasen horas, días,
pasen semanas, meses,
pasen muchos años.

Estoy perdido en el tiempo,
no encuentro en mi pensamiento
si vivo ahora
o vivo nunca,
si es noche o es mañana.

Estoy perdido en una membrana.

Sigo vagando con el tiempo
sin saber cuándo acaba el viaje,
y llevo cargado en mi pensamiento
todo lo que es mi equipaje.

No sé si ha pasado un día
o han pasado cientos.
soy un pasajero del tiempo
mendigando un futuro incierto,
sin tampoco saber
si estoy puesto como un cimiento
ni cuánto camino hay por recorrer.

martes, 13 de mayo de 2008

Soy poeta y escritor

El éxito de Por el amor de una mujer, y sus sonados "problemas de censura" produjeron en Rastrilla, al mismo tiempo, un refuerzo de su convicción poética y la necesidad de defendense argumentadamente de algunos dicterios y malentendidos que la difusión de aquella poesía le había causado. El orgullo de ser poeta y la vindicación de esta condición, junto con la defensa de su libertad de palabra, siempre usada sin mal propósito, son los fundamentos de la que será su poesía más célebre, tantas veces recitada que no habrá en Pedrosa y alrededores quien no sepa seguir de memoria a su primer verso: Soy poeta y escritor...

Aunque Rastrilla haya negado esa inspiración, es inevitable evocar a Machado y su famoso patio de Sevilla, donde crece el limonero. El autorretrato del poeta sevillano, trazado con una tierna ironía que destila humanidad en todos sus versos, es un referente inexcusable para todo aquel que quiera componer un resumen autobiográfico en forma poética en lengua española. Salvando todas las distancias que haya que salvar, este poema también transmite humanidad y bonhomía.

La primera estrofa no necesita mayores comentarios. La acumulación de sinónimos imperfectos en gradación ascendente no es sino una catarata de palabras para afirmar su vocación, y no dejar la menor duda sobre ella. En la segunda estrofa se nos ofrece un vertiginoso resumen de su variadísimo currículo laboral, por fortuna serenado hace ya varios años, en los que trabaja de camarero en el Mesón de Castrojeriz. Esta variopinta peripecia vital, y todo el anectodario que ha desencadenado, serían objeto de, al menos, otro blog más extenso que el presente. En la tercera estrofa tenemos una alusión directa a las ampollas que en algunos despertó aquella parte de su poesía levemente satírica (o picaresca, como él preferiere que se diga) a la que ya hemos hecho mención en otros comentarios, sobre todo al dedicado a "Por el amor de una mujer". Pero por si había alguna duda de su compromiso poético, en la siguiente estrofa se encarga de disiparla, pues seguirá componiendo poesía aunque haya malos trances.

La última estrofa vale como una síntesis de toda su producción poética. En una de sus piruetas temáticas, introduce de manera abrupta el anhelo de amor que ya hemos estudiado en poesías precedentes, y que poco a poco va alcanzando rango de obsesión. Sin embargo, el dictado es sereno, hasta ligeramente irónico, al objetivarse a sí mismo como un pícaro juglar ante los demás, que no pretende otra cosa que despertar alguna sonrisa mientras busca a la dama a quien entregar versos y corazón.


Soy poeta y escritor (Andrés Rastrilla)

Soy poeta y escritor
pues hago versos y poesías
y me llena de alegría
recitar como un ruiseñor.

He hecho de todo,
he sido obrero
y hasta representante,
he trabajado en cualquier cosa
y he hincado bien el codo.

He contado hasta amores,
no quiero molestar a la gente,
y me siento indiferente,
pues no quiero malos sabores.

He compuesto de todo,
desde sátiras hasta romances
y lo hago de cualquier modo
aunque haya malos trances.

Así es este señor,
un pelín burlesco,
pero un gran soñador
y aunque sea picaresco
busco a mi gran amor.